Enfermería Familiar y Comunitaria augura una desescalada lenta si faltan enfermeras

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aliciaserrano
20/ 05 / 2020

Atención Primaria

Se necesitan, como mínimo, 15.514 enfermeras de Familia y Comunitaria más en el SNS destinadas al primer nivel. FOTO: Ariadna Creus y Ángel García (Banc Imatges Infermeres).
Se necesitan, como mínimo, 15.514 enfermeras de Familia y Comunitaria más en el SNS destinadas al primer nivel. FOTO: Ariadna Creus y Ángel García (Banc Imatges Infermeres).

El déficit estructural de plantillas de profesionales de Enfermería Familiar y Comunitaria que viene sufriendo primaria desde hace años ha impedido dar una buena respuesta a las necesidades asistenciales actuales de pandemia.

Es la opinión generalizada de la Federación de Asociaciones de Enfermería Comunitaria y de Atención Primaria (Faecap) y la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que llevan años denunciando la falta de recursos humanos en el primer nivel asistencial y alertando de sus posibles consecuencias. Ahora auguran una desescalada más lenta y peor si faltan enfermeras.

“Una enfermera tiene, en estos momentos, una población asignada de hasta 1.700 personas, lo que impide ofrecer una atención con plena seguridad y calidad asistencial. Satse ya denunció el año pasado, basándose en el estudio Análisis de la situación de los enfermeros, enfermeras, matronas y fisioterapeutas en los centros sanitarios del país, que las enfermeras que trabajan en los centros de salud tienen una excesiva sobrecarga de trabajo que afecta negativamente a la atención y cuidados que reciben los ciudadanos y pacientes», explica a DM Francisco Javier Carrasco, presidente de la Faecap.

Este estudio, además, concluye que en España se necesitan, como mínimo, 15.514 enfermeras más en el SNS destinadas al primer nivel”,

Añade que existen evidencias de que la dotación insuficiente de enfermeras pone en riesgo la seguridad del paciente y de los profesionales, y ello produce incrementos en la mortalidad y morbilidad de los pacientes, “lo que se traduce en mayores costes para el sistema sanitario”.

Desescalada, más lenta si faltan enfermeras

Se quiere focalizar la desescalada en este nivel asistencial, de manera que resulta prioritario incrementar las plantillas para que se haga una correcta detección, evaluación y seguimiento de los nuevos casos y de sus contactos, entre otras actuaciones.

“Sin pandemia, el déficit de enfermeras de Familia tiene consecuencias en cuanto a garantizar la continuidad de cuidados a la población de acuerdo a los estándares de calidad; en cuanto a las intervenciones de educación sanitaria, de promoción y prevención de enfermedades claves en la atención a personas con procesos crónicos, en situación de riesgo o vulnerabilidad… Todo ello son elementos clave para afrontar la desescalada, y sin los recursos de enfermeras de Familia adecuados seguramente nos cueste más tiempo”, asegura Carrasco.

En la desescalada hay que incrementar las plantillas para una correcta detección, evaluación y seguimiento de los nuevos casos y de sus contactos

En su opinión, este posible ritmo lento tendrá consecuencias sanitarias y de carácter social y económico, “por lo que instamos al ministerio y a los gobiernos autonómicos a que establezcan los mecanismos para garantizar una dotación adecuada de estos profesionales y un incremento añadido de recursos sobre esa dotación”.

La falta de enfermeras para el el presidente de la AEC, José Ramón Martínez Riera, va a suponer un claro hándicap en el afrontamiento de las necesidades que se van a presentar en la AP, «que adquiere en la desescalada una importancia que nunca debiera haber perdido durante toda la crisis».

Indica que el problema ya no es tanto, que también, la respuesta que deban dar a las necesidades generadas por la pandemia, «sino las que necesariamente debe continuar dándose a las ya existentes antes de la Covid-19 y las que sin duda se producirán como efectos colaterales de la propia crisis sanitaria, tanto a nivel individual, familiar como comunitario».

La pandemia, dice, «no puede acaparar en exclusiva la atención de los profesionales de la salud en general y de las enfermeras en particular, ni debe ocultar, invisibilizar o fagocitar las necesidades sentidas de la población a la que atienden”.

La pandemia no puede acaparar en exclusiva la atención de los profesionales de la salud en general y de las enfermeras en particular

Una enfermera por 1.500 habitantes

Carrasco recuerda que el Boletín Oficial del Estado de fecha 20 de diciembre de 2019, en su proposición de ley sobre ratios de enfermeras para garantizar la seguridad del paciente en centros sanitarios y otros ámbitos, establece en su artículo 6 la determinación de la ratio enfermera en atención primaria:

“El texto dice que la asignación de población por cada enfermera no deberá superar los 1.500 habitantes, pudiéndose reducir esa cantidad en función de la tasa e indicadores de complejidad, tales como la edad, la cronicidad, la pluripatologia u otras».

De haber dispuesto de unas ratios razonables y racionales, el afrontamiento ante la crisis hubiese sido bien diferente.

“No hubiese hecho falta, por ejemplo, recurrir a estudiantes para contratarlos, en teoría como personal auxiliar pero que finalmente actuaban como si fuesen enfermeras en servicios como UCI y sin ninguna supervisión. O querer prolongar los contratos de especialistas en formación para que trabajasen como enfermeras con el sueldo de residentes”, concluye el presidente de la AEC.

Prevaricación institucional

“Desde que en 2010 se iniciase la formación de Enfermería Familiar y Comunitaria hasta ahora, son miles las profesionales formadas en esta especialidad. Pero ello no se ha correspondido con la contratación de las mismas y tampoco se han definido los puestos de trabajo y su necesaria articulación con las enfermeras generalistas, que actualmente trabajan en primaria y que están pendientes de una prueba excepcional de acceso a la especialidad, que se mantiene paralizada y sin voluntad política de resolver. Ello genera insatisfacción, incertidumbre, desconfianza y malestar. Precisamente por ello, no se puede hablar de ratios de especialistas, porque no se ha planteado tan siquiera su contratación e incorporación real”, denuncia Martínez Riera.

Todo esto supone, en su opinión, un claro ejemplo de la ineficiente gestión del dinero público al invertirlo en la formación de especialistas que no tienen el necesario y esperado retorno que se produciría si se contratasen.

“Y eso tiene un nombre, que es el de prevaricación institucional, que viene siendo denunciada de manera sistemática por parte de las sociedades científicas”.

En España se necesitan, como mínimo, 15.514 enfermeras de AP

Ante este panorama, el presidente de la AEC dice que la falta de planificación, voluntad política y nefasta gestión llevada a cabo en relación a este tema, ha impedido que las enfermeras especialistas hayan podido responder, con sus competencias a esta pandemia.

Voluntarismo ‘versus’ falta de estrategia

Ante este panorama, Martínez Riera es muy crítico. “Una de las consecuencias, no del déficit sino de la ausencia de enfermeras especialistas y de la falta de enfermeras comunitarias en AP, es la precariedad de la atención al centrarse casi exclusivamente en la asistencia a la enfermedad”.

Para el presidente de la AEC, son muchos los problemas que habría que abordar desde el primer nivel para hacer una AP fuerte, que en estos momentos se caracteriza por inexistencia de estrategias de intervención comunitaria; la anecdótica promoción de la salud; el voluntarismo de las enfermeras como elemento de acción ante la falta de estrategias y/o políticas de salud salutogénicas; la nula participación comunitaria en la toma de decisiones relacionadas con los procesos de salud y una insuficiente y débil atención familiar domiciliaria, entre otros.

“Todo lo apuntado y mucho más puede ser abordado, planificado, implementado, desarrollado y evaluado por las enfermeras especialistas en coordinación con las enfermeras generalistas y con el resto de profesionales de la salud de los equipos en base a un trabajo transdisciplinar que permitiese centrar la atención en los objetivos comunes del equipo y no en los de cada grupo profesional o disciplinar”, explica Martínez Riera.

Enfermero de AP en tiempos de la Covid-19

En esta crisis de salud pública sin precedentes, los profesionales de enfermería del primer nivel se han enfrentado “a una constante improvisación, y en algunos momentos a un cambio en los circuitos y en la organización de la atención, cambiante en cuestión de horas de acuerdo a la actualización continua de los protocolos que se requiere en crisis sanitarias como la que se está viviendo”, indica Carrasco.

En este aspecto, la principal dificultad para Martínez Riera es la falta de más enfermeras y de más medios para responder adecuadamente a una situación sobrevenida y con una gran carga de incertidumbre, “que hace que se tenga que trabajar básicamente desde planteamientos de ensayo-error, con lo que ello significa de temor para quienes, como las enfermeras, tienen que tomar decisiones de manera inmediata”.

Se está trabajando desde planteamientos de ensayo-error, y ello asusta a los profesionales 

A ello, en su opinión, “se une el miedo permanente a ese desconocimiento de la pandemia y a sus consecuencias, con contagios que obligan a quedarse en casa con el pensamiento permanente de contagio hacia la familia”, dice.

Otra de las dificultades es la presión que genera la propia pandemia, “lo que provoca un distanciamiento de la realidad, al estar más pendientes de las medidas de seguridad (propias y ajenas) que de las necesidades que la población sigue teniendo y que, lamentablemente, en ocasiones quedan por atender ante la exigencia acaparadora de la pandemia”, comenta el presidente de la AEC.

¿Héroes sin capa?

En estos momentos de crisis sanitaria, Martínez Riera dice que parece que son solo los hospitales los que se colapsan, los que se identifican como receptores de pacientes y por tanto de peligro, los que necesitan y carecen de materiales de protección y los que concentran a los héroes.

“Los centros de salud, que lamentablemente han tenido que renunciar a su denominación para aceptar tan solo enfermedad, parece como si no existieran, como si a ellos no acudiese la población atemorizada, inquieta, nerviosa ante lo desconocido, como si en ellos no hubiera héroes, como si no se precisase de medidas protectoras. Una vez más la AP es la gran olvidada del sistema, de la población y de los medios de comunicación. Mientras tanto, los profesionales que trabajan en ellos permanecen ocultos, invisibles, como héroes menores o incluso como mortales sin capa ni poderes especiales como los de los hospitales”.

Ni EPI ni test

Para el presidente de la AEC, la falta de EPI adecuados está siendo uno de los caballos de batalla en esta pandemia.

“La falta de medios fiables y seguros hace que se trabaje con una tensión añadida. La incertidumbre, el temor y el miedo ante el coronavirus y el desconocimiento, casi generalizado, de su comportamiento, hacen que el trabajo resulte más estresante de lo que la propia dedicación permanente y prolongada ya genera”.

Recuerda que aunque los centros de salud no disponen de camas, ni de respiradores, ni de UCI, están expuestos al ir y venir de personas que acuden a preguntar, a consultar, a averiguar, a comunicar su angustia y su sospecha.

“Se convierte en un flujo permanente de virus que acompañan a sus angustiados portadores, y donde se debe determinar si un paciente es aislado, hospitalizado o tan solo observado, sin que existan pruebas, ni certezas para ello, tan solo la sospecha. Sin que existan tampoco las protecciones necesarias porque existe lógica prioridad de los hospitales, pero que, sin embargo, resulta muy poca lógica su ausencia. Centros en los que existen domicilios a los que hay que acudir a controlar, a atender demandas y necesidades, a tranquilizar, a educar… en espacios desconocidos, desprotegidos y ajenos que resultan peligrosos para estos héroes invisibles”.

La distribución de equipos de protección individual (EPI) ha sido y sigue siendo diferente en el territorio nacional, según Carrasco, de manera que no se puede generalizar, pero dice que ha sido la mayor dificultad a la que se han tenido que enfrentar desde el primer nivel.

“Exigimos que se nos dote del material de protección necesario en función del nivel de exposición siempre de acuerdo con los protocolos vigentes. Los EPI siguen sin llegar en cantidades suficientes, los niveles de adaptación y de reutilización están siendo elevados y en ocasiones muy desastrosos para nuestra salud y la de nuestros pacientes”, señala.

A la cola de Europa

España se encuentra en el puesto 28 de los 37 países que integran la OCDE, en número de enfermeras por cada 1.000 habitantes, tan solo por delante de Turquía, Chile, México, Grecia, Letonia, Israel, Polonia y República Eslovaca, con 5,7 enfermeras por cada 1.000 habitantes, siendo la media de 8,8.

“A estos datos hay que añadir la precariedad, en muchos casos con contratos por días e incluso por horas, con poca estabilidad y una gran movilidad que impide consolidar equipos, con lo que ello supone de incertidumbre y falta de cohesión para dar respuestas eficaces a las personas, familias y comunidad”, denuncia Martínez Riera.

Además, explica que han sido miles las enfermeras que desde la crisis de 2008 han tenido que emigrar a otros países para trabajar, a pesar de que en España faltan estos profesionales.

La aireada excelencia del SNS ha quedado en evidencia y requiere de un profundo y urgente análisis

“Podemos hacernos una idea de la nefasta gestión que se ha realizado en estos años, en los que se ha deteriorado el sistema sanitario ante la falta de financiación (una de las más bajas de Europa) y la creciente privatización del mismo. Ello ha conducido a que la tan aireada excelencia del SNS haya quedado en evidencia y requiera de un profundo y urgente análisis que replantee tanto su organización como el paradigma sobre el que se sustenta, que se ha demostrado caduco e ineficaz”, lamenta.

El déficit estructural de las plantillas de Enfermería Familiar y Comunitaria impide dar una buena respuesta a las necesidades asistenciales actuales, según la AEC y Faecap.

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Alicia Serrano

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